Home

Diario YA


 

LOS ENANOS DE JOSÉ ANTONIO, LAS ESCULTURAS DEL TENORIO, OTROS MONUMENTOS Y LOS GIGANTES DE PAMPLONA

Pedro Sáez Martínez de Ubago

En 1931, José Antonio Primo de Rivera publicó uno de sus primeros artículos de prensa, titulado La hora de los enanos, en el que podemos leer:
“Todo bulle como una gusanera. Como si no hubiera pasado nada. Los mismos hombres, las mismas palabras vacías, los mismos aspavientos. ¡Y todo tan chico! Contra la obra ingente de seis años –orden, paz, riqueza, trabajo, cultura, dignidad, alegría–, las fórmulas apolilladas de antaño, las menudas retóricas de antaño, las mismas sutilezas de leguleyo que ni el Derecho sabe.
Aquí están los políticos a quienes nadie desconoce. Todos pasan de sexagenarios. Gobernaron docenas de veces. Casi ninguno sirvió para nada. Pero no escarmentaron. Piensan que una breve abstinencia –que ellos disfrazan de persecución– los redime del pasado inútil.
Aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería. Son la descendencia, venida a menos, de aquellos intelectuales que negaron la movilidad de la tierra y su redondez, y la posibilidad del ferrocarril, porque todo ello pugnaba con las fórmulas. ¡Pobrecillos! ¿Cómo van a entender –al través de sus gafas de miopes- el atisbo aislado de la luz divina? Lo que no cabe en sus estrechas cabezas creen que no puede existir. ¡Y encima se ríen con aire de superioridad!”.
Con ello hacía alusión a los politicastros que pululaban antes y después de que su padre, don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja ejerciera la presidencia del Gobierno de España entre 1923 y 1930. Politicastros que, con un rey débil, bisabuelo del mismo que ahora expide pero no ejerce, nos llevaran de cabeza a la infame y criminal 2ª República. Politicastros a cuyos herederos desde 1976 y especialmente en estos tiempos estamos viendo cometer los mismos errores, sea en un gobierno contumaz, sea en una oposición pusilánime, cómplice y desnortada.
Años antes, en 1844, Zorrilla había estrenado su Don Juan Tenorio, en cuya 2ª parte, Acto 1º, el escultor habla a las estatuas del Panteón en estos términos:
¡Ah! Mármoles que mis manos
pulieron con tanto afán,
mañana os contemplarán
los absortos sevillanos;
y al mirar de este panteón
las gigantes proporciones,
tendrán las generaciones
la nuestra en veneración.
Mas yendo y viniendo días,
se hundirán unas tras otras,
mientras en pie estaréis vosotras,
póstumas memorias mías.
¡Oh! frutos de mis desvelos,
peñas a quien yo animé
y por quienes arrostré
la intemperie de los cielos;
el que forma y ser os dio,
va ya a perderos de vista;
¡velad mi gloria de artista,
pues viviréis más que yo!
Y, en efecto, las personas pasamos por el mundo pero nuestras obras quedan para dar testimonio de muchas cosas. Si pensáramos en obras que, si hablaran, podrían dar testimonio del transcurso y devenir de la vida de España encontraríamos cientos, como la Giralda, la Cibeles o los gigantes de Pamplona, que han sido testigos del curso de las generaciones a que han sobrevivido.
Muchos de los lectores se preguntarán a qué viene citar a los gigantes de Pamplona. El motivo es que, como cada 8 de septiembre, Pamplona conmemora aquel día de 1423 en que Carlos III el Noble (no el Borbón) promulgó la carta denominada Privilegio de la Unión, estableciendo que “el Burgo de San Cernin, la Población de San Nicolás y la Navarrería constituirán en adelante una sola comunidad o cuerpo indivisible”. Así nacería del enclave donde Gneo Pompeyo estableció durante la guerra sertoriana un campamento de invierno, cuyo foro vendría a coincidir con el atrio de nuestra Catedral Metropolitana, lo que hoy es nuestra Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona. Uno de los requisitos establecidos por nuestro monarca era que “los dichos jurados de la dicha universidat de nuestra dicha muy noble ciutat de pamplona, unida como dicho es, ayant aber á perpetuo una casa, é una jurería, do se hayan á congregar por los afares, é negocios de nuestra dicha muy noble ciutat, et ayan de facer lo mas que pudieren la dicha casa de jurería, en el fosaso que es ante la torr clamada la Galea enta la part de la Navarreria, dejando entre la dicha torr, et la dicha casa, camino sufient para pasar, según está el día de hoy, ó á otra part do bien visto lis será”… Sigue nuestro Rey Noble dando pormenores que, a quien quiera conocerlos, remito a la obra de Concepción Martínez Pasamar, El “Privilegio de la Unión” (1423) de Carlos III El Noble de Navarra: edición, estudio filológico y vocabulario, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona, 1995. Es decir este documento determina el nacimiento de la actual Pamplona.
En circunstancias normales esta efemérides suele celebrarse en la ciudad con diversos actos, entre los que destaca la ofrenda floral que el Ayuntamiento, en cuerpo de ciudad, hace ante el bello sepulcro gótico del citado rey Carlos III. Y entre las curiosidades de Pamplona está el curioso desfile del Ayuntamiento en Cuerpo de Ciudad, con los ediles bajo maza y de frack, la Bandera de la ciudad, y todo un cortejo de ordenanzas, danzaris, timbaleros, policía municipal con uniforme de gala, que suele cerrar la centenaria Pamplonesa y suele abrir la también centenaria comparsa de gigantes y cabezudos.
Centrándonos en la historia de nuestra Comparsa de Gigantes y Cabezudos, tan querida por todos los pamploneses, sin importad edad, sexo o condición, que, allá donde va, no dejamos de acompañarla, emocionándonos con sus bailes y acordes, que muchas veces no dejan de evocarnos recuerdos más o menos felices de otros tiempos.
Y es que los gigantes de Pamplona, desde su creación por Tadeo Amorena en 1860, son un emblema permanentemente levantado durante más de siglo y medio por una Ciudad que ha visto desfilar ante sí a todas las corporaciones municipales de estas décadas con sus distintas galas festivas. Más aún, según un gran Pamplonés, José María Corella, otros gigantes hoy perdidos ya bailaban en el siglo XVI. Muchos ayuntamientos, varias dinastías, distintos modos y regímenes de gobierno de la ciudad y de España ha visto pasar nuestra Comparsa, bailando al son de sus notas.
Los gigantes seguirán danzando, seguirán desfilando y seguirán alegrándonos la vida con sus eternos compañeros, que no son personajes ni personajillos más o menos notorios por sus felices o tristes hechos u ocurrencias, ora vestidos de golilla, ora de tabardo, ora de traje de chaqueta, ora de chaqué, ora de uniforme, ora de frac, ora de héroe del comic… sino que son los cabezudos, kilikis y zaldicos, que con esas denominaciones los conocemos.
Los cabezudos (Japonesa, Abuela, Japonés, Alcalde y Concejal son sus gracias) nacieron en 1890 de las manos de Félix Flores Logier. Los Kilikis (Berrugón, Napoleón, Barbas, Coletas, Patata y Caravinagre) y los Zaldikos (de cuyo nombre parecemos no acordarnos) vieron la luz entre 1912 y 1941 en los talleres barceloneses de Benito Escaler y los valencianos de Porta-Coeli. Artistas y artesanos a quienes, como a Tadeo Amorena, el paso del tiempo no desgasta sino lustra y da vida en sus personajes de cartón piedra, con cuya admiración, con el culto casi idólatra que acabarían recibiendo de sucesivas generaciones de pamploneses, difícilmente podrían soñar en su origen.
Escribió el Emperador Marco Aurelio que “La sabiduría es el arte de aceptar aquello que no puede ser cambiado, de cambiar aquello que puede ser cambiado y, sobre todo, de conocer la diferencia”. Esta diferencia la conocen, esta sabiduría la tienen nuestros gigantes y, quizá, la intuyó también otro Pamplonés y de la calle Calderería, Fiacro Iraizoz Espinal, que con estos versos trataba de concienciar a su hijo sobre algunos aspectos de la vida, que, como vemos, no han cambiado tanto:
¿Oyes las notas vibrantes
de esa gaita tan chillona?
Pues espera unos instantes,
que vas a ver los gigantes,
los gigantes de Pamplona.
Recuerdo que en mi niñez,
alegre más de una vez,
delante de ellos corrí.
Con que osada timidez,
les gritaba: “¡Aquí, Aquí!”.
En tus ojillos brillantes
y en tu sonrisa burlona
veo instintos “alarmantes”
de correr con los gigantes,
los gigantes de Pamplona.

Pero espérate, que quiero
que los veas al pasar;
mira, ya llega el primero
detrás del tamborilero
bailando a todo bailar.
– ¡Es un rey! ¡y que elegante!
¡Cuánto adorno! ¡Cuánto fleco!
– ¿Ves que serio y que arrogante?
Pues bien, por fuera es “gigante”,
pero por dentro está hueco.
¡Hoy es pronto todavía!.
¡Tal vez te acuerdes un día
del gigantón de Pamplona,
al ver bajo una corona
una cabeza vacía!.
-¡Y baila con mucho brío!
¡Cuántas vueltas! – ¿Que te chocan?.
¡De tu inocencia me río!
¡Los monarcas, hijo mío,
bailan al son que les tocan!.
– ¡Otro gigante detrás!
¡Y es mujer! ¡La quiero ver!
– Acércate y la verás.
– Di, papá, ¿y esa mujer
es igual que las demás?
– No es igual; pero no obstante,
todas parecidas son,
pues, lo mismo que el gigante,
tienen hermoso el semblante
y el corazón de cartón.
– ¡Ya llega otro, y otro, sí!
¿Y quiénes son esos, di?
– Son retratos en colores
de esos graves pensadores
como hay muchos por ahí.
De inmóvil fisonomía,
que hablan poco y hablan tarde,
y se pasan noche y día
haciendo ostentoso alarde
de inmensa sabiduría.
– ¿Y esos últimos que veo?
¡Son negros! ¡Qué atrocidad!
¡Qué rostro tienen tan feo!
Si son negros, como creo,
serán muy malos, ¿verdad?
– No tanto como supones;
en el mundo, cosa rara,
hay otros santos varones,
que tienen blanca la cara
y negras las intenciones
Ya acabaron de pasar;
ya se alejan tan gentiles,
bailando a todo bailar
esa danza popular
de gaitas y tamboriles.

– ¿Quieres seguirles? ¡Corriente!
Si eso te ha de divertir,
corre alegre entre la gente,
pero ten siempre presente,
lo que te voy a decir:
Sé humilde tu vida entera;
huye siempre de un encuentro
con esa gente altanera
que va mostrando por fuera
lo que no tiene por dentro.
– Y piensa que hay mil farsantes
de apariencia fanfarrona,
muy soberbios, muy boyantes
¡Y son como los gigantes,
los gigantes de Pamplona!