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Diario YA


 

todo el orbe cristiano estará celebrando la Pascua de Resurrección

SAETAS EN EL CORAZÓN

Manuel Parra Celaya.
    Cuando vea la luz este pequeño artículo, todo el orbe cristiano estará celebrando la Pascua de Resurrección, acontecimiento histórico central de la humanidad y justificación de nuestra fe. Y es así, aunque el encuentro familiar resultará algo deslucido en algunas regiones de España por la imposibilidad de reunirse los miembros de varias generaciones en torno a la tradicional mona; ello no será óbice para la reflexión, la esperanza y la alegría; acaso sí remita el jolgorio de los niños…
    Acabamos de pasar la Cuaresma más especial de nuestras vidas, quizás la más abundante el penitencia para muchos, si no por convicción y arrepentimiento, sí por imperativo legal, que es la frase tópica -no solo tolerada, sino admitida- que emplean los descreídos de España cuando prometen, y no juran, claro, en su toma de posesión como teóricos representantes del pueblo.
    Este prolongado encierro en domicilios es evidentemente una cruz, sobre todo para los que lo viven en soledad, pero también para quienes están entre estrecheces sin posibilidad alguna de airearse en el exterior; máxime para quienes nos inclinamos por la vida en la naturaleza, que acaba de renacer en estos días de primavera. Penitencia, pues, impuesta por razones sanitarias. Más penitencia aun -no lo olvidemos- para los que ocupan esas primera y segunda líneas en la lucha contra el coronavirus; en ellos, el riesgo asumido con valor y espíritu de sacrificio deben ser motivos de consuelo y de ejemplo para las incomodidades que arrastramos el resto de los ciudadanos.
    Del mismo modo, extraño y cerrado, transcurrió el Domingo de Ramos, sin palmas adornadas ni trajecitos nuevos para los más pequeños. Y la Semana Santa, carente de procesiones, de imágenes en desfile por nuestras calles y sin saetas lanzadas a los cuatro vientos.
    Algunos noticiarios, ya en el aciago mes de marzo, anunciaban un titular engañoso: se ha suprimido la Semana Santa; y nada más lejos de la verdad, porque no había autoridad en la tierra, ni civil ni eclesiástica, que pudiera decretar tal abolición. La confusión de los medios era clara: se confundía la Semana Santa con unas vacaciones, unos días de escapada y relax; y también, en el caso de los creyentes, se embarullaba el continente con el contenido, la forma con el fondo, lo exterior y aparente con lo interior y profundo. Porque la Semana Santa -sin procesiones-, el Domingo de Ramos -sin palmas adornadas- y la Pascua -sin mona infantil en la mesa- han seguido celebrándose en el corazón cristiano, y me atrevería a decir que con más convicción y calado. Por lo menos, en mi caso.
    No soy, en absoluto, de quienes abominan de las tradiciones; antes bien, he procurado y procuro conservarlas en mi modesta área de influencia familiar, pues constituyen un valioso depósito, heredado de nuestros mayores y de muchas generaciones, que no se puede echar por la borda como un desperdicio inútil; representan un arraigo con la historia y con la cultura de todos, un enlace y punto de referencia con quienes nos precedieron.  Y me refiero a las tradiciones verdaderas, no a las recuperadas, pues esta expresión no deja de ser un clarísimo oxímoron. Ese fabuloso legado -espiritual, artístico, nacional- no se debe perder nunca, antes bien, acrecentarse con legítimas aportaciones nuestras, que, a su vez, se harán tradición.
    Tampoco menosprecio lo popular por sistema; entiendo que constituye la entraña de la sociedad; eso sí, debe ser continuamente sacralizada -valga la expresión- con la impronta de un estilo, que aportarán las minorías egregias -Ortega dixit-, para alejarla de lo vulgar y falsamente castizo. Estas minorías, por su parte, suelen beber, si son auténticas, de aquella entraña popular, y entonces es cuando surgen esas maravillas en nuestra cultura, como el teatro de Lope, la novela de Cervantes o la poesía de Lorca, por ejemplo.
    En épocas que casi adolecen de esas élites -como ahora- es cuando gran parte de la sociedad corre el riesgo de encanallarse, de transformarse en pura masa y de convertir lo que debiera ser una apacible vida democrática en una forma de oclocracia. 
     Pero, volviendo al tema central, las estaciones de penitencia, las procesiones de Semana Santa y las saetas que las adornan a su paso pertenecen, por derecho propio, a lo tradicional y a lo popular, además de a lo sacro, que es su razón de ser. Guardémonos del gesto desdeñoso de teólogos a la violeta, que, fiados en su soberbia, las empequeñecieron en su valía o las desestimaron. Así nos ha ido en el seno de la Iglesia…
    Y este año, imágenes artísticas, procesiones y saetas han abundado, seguro, en mi corazón y en el del pueblo fiel. Quienes hemos asistido, en las pantallas de televisión, a las celebraciones religiosas de estos días hemos profundizado en su sentido, las hemos interiorizado sin distracciones externas, hemos ahondado en los misterios de la fe y en la convicción de la esperanza que encierran. Nos hemos despojado, querámoslo o no, de lo que, sin dejar de ser excelente, es accidental, y nos hemos reencontrado con un Crucificado que sufrió más que nosotros en esta sociedad en pandemia, y, lo más importante, con un Resucitado que nos anuncia la salida del túnel y nuestra propia salvación.
    De este modo, hemos escuchado o cantado las saetas en el fondo del alma, y hemos gozado de la alegría de la Pascua, aunque haya sido más silenciosa y nos hayamos reunido con los más próximos… por el recurso tecnológico de la videoconferencia.

 

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